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El árbol se erguía solo en la clara, con sus ramas retorcidas extendiéndose como brazos esqueléticos, alcanzando hacia el cielo como si intentara arañar las estrellas. Su corteza era oscura, casi negra, y estaba surcada por profundas grietas que parecían susurrar cuando el viento pasaba a través de ellas. Las raíces sobresalían de la tierra como venas antiguas, envolviendo rocas y