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Sentado en la cima de un viejo tocón, Pip toca una suave flauta de madera, llenando el bosque con melodías que calman a los animales, tranquilizan a los viajeros y, ocasionalmente, hacen que los aventureros malhumorados se duerman en medio de una discusión. Con sus pequeños cascos colgando, su panza redonda y ojos llenos de curiosidad inocente, a Pip le interesa mucho más la música que el caos.
A diferencia de sus temibles parientes abisales, Pip representa el lado pacífico del mito:
Un minotauro bebé criado por espíritus del bosque
Un músico errante que nunca supo cuán aterrador “debería” ser.
Un símbolo de armonía entre las bestias, la naturaleza y los viajeros